Sierra Nevada y su parque nacional son únicos en España: no solo destacan por sus cotas más altas de la Península Ibérica, su biodiversidad excepcional, endemismos y gradientes ecológicos singulares, o por la histórica y armoniosa interacción entre el hombre y la naturaleza, sino sobre todo por albergar el Observatorio de Cambio Global de Sierra Nevada (OBSNEV). Este observatorio es un referente nacional e internacional en monitorización de ecosistemas de montaña y cambio climático, con infraestructuras permanentes para el seguimiento ambiental a largo plazo que ningún otro parque nacional posee.
El OBSNEV es una infraestructura científica avanzada, un proyecto pionero resultado de la colaboración entre la Junta de Andalucía y la Universidad, que hoy en día atraviesa una situación crítica por la falta de respaldo institucional y financiero, poniendo en riesgo casi veinte años de investigación, innovación y cooperación interinstitucional. El OBSNEV ha transformado la gestión ambiental al convertirse en un laboratorio vivo donde sensores, teledetección, datos abiertos y ciencia ciudadana convierten la investigación en herramientas prácticas para conservar y gestionar sosteniblemente los ecosistemas de montaña.
Desde el OBSNEV se ha promovido ciencia, pero ciencia orientada al asesoramiento técnico y al apoyo de políticas públicas, desarrollando tecnologías propias e impulsando la innovación en la gestión de los espacios naturales. No es casualidad que el Parque Nacional de Sierra Nevada, junto con su inclusión en la Lista Verde de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza –que lo sitúa a la vanguardia de los espacios protegidos de Europa y del mundo– haya recibido recientemente el Diploma Europeo de Áreas Protegidas del Consejo de Europa, como ejemplo de conservación en el continente. No pretendo hacer demagogia ni atribuir al OBSNEV todo el mérito de estos reconocimientos, pero recientemente la consejera de Sostenibilidad y Medio Ambiente de la Junta de Andalucía, Catalina García, destacó la labor de esta infraestructura como «una herramienta científica de primer nivel que nos permite anticipar impactos, diseñar respuestas y evaluar nuestras políticas de conservación en un contexto de emergencia climática». Vivimos en una sociedad que pone precio a todo, aunque, como decía Antonio Machado, solo un necio confunde valor y precio. La Consejería de Sostenibilidad y Medio Ambiente está elaborando un documento estratégico para evaluar los riesgos climáticos a largo plazo, con un plan de 231 medidas y un presupuesto de 2.616 millones de euros, en el que no parece tener cabida el OBSNEV, que con apenas 100.000 euros anuales cumple una función cuyo valor sería difícil cuantificar. En este caso, me resisto a pensar que se trate de disputas políticas ajenas al ciudadano de a pie; más bien, parece fruto de la falta de dialogo o de no haber sabido transmitir adecuadamente las virtudes de esta colaboración. Lo contrario sería fruto de nuestra ignorancia, o, peor aún, de la mediocridad o visión cortoplacista que amenaza con infiltrarse en todos los ámbitos de nuestra sociedad.
Uno contempla atónito cómo el Consejo de Europa y la propia UICN reconocen a Sierra Nevada como un modelo andaluz de gestión de espacios protegidos, aplicable a otros territorios y envidiada en foros internacionales. Hoy, Sierra Nevada es lo que es gracias al diálogo, al compromiso ambiental y a la colaboración entre instituciones; pero, parafraseando al sempiterno chispeante Rafael Guillén, 'mañana, lo más probable, es que ya veremos'.
Manuel Villar Argaiz. Catedrático de Ecología.